
En días recientes ha ocupado la atención de la prensa el debate de una especie de “tiraera intersocial”, lo que por oposición binaria también implica que dejaron de prestarles atención a las situaciones que provocaron la pirotecnia lingüística con la que se han atacado políticos, reggaetoneros y la propia prensa.
Las expresiones atolondradas de Calle 13, que claramente ha dicho en su acostumbrada jerigonza de niño de clase media o media alta que pretende hurtar el lenguaje del ghetto, pues sólo ésos somos los que vivimos en urbanizaciones control de acceso (hay recordar que el nombre viene de visitante y residente), llamando “hijo de puta” al gobernador han traido a la arena pública el “escándalo” del lenguaje. Calle 13, haciendo lo que mejor ha sabido hacer siempre, ser un oportunista, un cazador del flash, se dio a conocer masivamente cuando él mismo se encargó de correr un CD con la canción que escribió insultando al FBI tras el asesinato de Filiberto. Vi a esta persona y sus compañeros repartiendo estas copias frente a Plaza Las Américas. La Internet le sirvió de cómplice y en pocos días de nadie saber quién carajo era este chico se convirtió en farándula e hizo de esa oportunidad su catapulta. Robó cuanta cámara pudo, concedió y buscó entrevistas hasta con el pato Donald, y el momento de solemnidad y reflexión producto de una indignación profunda de un pueblo ultrajado en lo más sensible de su fibra moral terminó convertido en un circo de obscenidades huecas que no construían, ni creaban conciencia, ni reinvindicaban la gran lucha que tanto de frente como en la clandestinidad guió los días de Filiberto.
En una de las jornadas que se hicieron en recordación de Ojeda Ríos, en un recorrido de memoria pueblo por pueblo para encargarnos de nunca olvidar, invitaron a Calle 13. Esa noche, unos meses después del asesinato, ya pasado el duelo inicial, pasada la ira y fortalecida la indignación de lo humano, por primera vez la masa, seguidores, políticos y gente invaluable para las luchas por un país soberano bajaron la cabeza y sintieron vergüenza. Después de la participación de un cantautor que había escrito una canción sobre Filiberto, allá para 2001, y de que éste interpretara canciones referentes a las luchas por la dignidad como si fuera una ofrenda a quien había muerto, subió a escena Calle 13 y con ciertas muestras de vergüenza se disculpó antes de cantar la canción que le catapultó. Pidió perdón por el lenguaje, dijo que estaba muy molesto y frustrado cuando la escribió, que perdonaran el estilo, que disparó con todo en el momento de los hechos, que se disculpaba por algunas partes de la lírica y procedió a cantar la única canción que tenía que lo vinculara con cualquier tipo de lucha. Tanto fue así, que mientras la viuda de Filiberto y amigos muy cercanos, comenzaban el acto que distinguía estas jornadas encendiendo una vela de la que todos con sus respectivas velas tomaban el fuego, Calle 13 cantaba esgalillao en un acto anticlimático y bochornoso su éxito tras su ficha de oportunismo “Atrévetete”. Yo, ingenua, había pensado que precisamente todos debimos gritarle en un franco abucheo por la falta de decoro un gigantezco “Atrévete a cantar esa mierda en esta ceremonia de conciencia”, pero nadie abrió la boca para abuchear y muchos sí la abrieron para unírsele al coro mientras bailaban reggaetón en la jornada en la que se honraba la memoria de Filiberto.
Lo distinto del Calle 13 de aquel momento y el de ahora es que el de entonces tenía menos soberbia y era capaz de la vergüenza, porque abochornado de sí mismo, y supongo que de su lenguaje en un acto con pretensiones de solemnidad, se disculpaba. Pero ahora su nueva posición económica, su payasada y la prensa alcahueta le han dado “standing” casi de un guerrillero de la palabra, como si fuera representativo del sentir de un pueblo. Pero hoy, como entonces, este sujeto no es más que un burdo oportunista, tanto así que le ha importado un huevo que su acto circense robe la atención de los asuntos más neurálgicos y apremientes en este país.
Una vez más, la isla de las bochornosas contradicciones, reniega y censura lo soez y la vulgaridad de un personaje como Santini, pero celebra las del “artista”. Ciertamente hay categorías y grados del insulto, al tiempo que también lo insultante es absolutamente relativo y con toda certeza puede decirse que el insulto, la moral y la gastronomía son cuestión de geografía. Calle 13 ha transplantado el estilo matonesco que distinguió tanto al género musical en sus comienzos como al propio Santini, a la arena de la opinión pública.
Ciertamente cuando nos enfrentamos a experiencias o situaciones límites como el dolor, la euforia, el fracaso, lo sublime, lo grotesco, el insulto y el amor, el lenguaje sufre una quiebra particular, se queda corto, enmudecemos ante la emoción sobrecogedora que vivimos, y así llegamos a un sentir límite en el que el lenguaje se agota, no nos alcanza, no nos asiste, nos abandona y ahí llega lo soez o lo excelso. Los halagos y los insultos se viven en la lengua vernácula. En ese sentido la lengua propia es la patria a la que se regresa siempre que se experimentan los extremos de la experiencia humana.
La prensa por su parte, que en la última década ha incorporado en su arsenal la demagogia, hizo de un acto insultante una primera plana y estiró el chicle por varios días mientras el “artista” cegado por su propia soberbia seguía añadiendo disparates y expresiones desafortunadas, una tras otra. Me recordó los meses aquellos en los que pellizcaban a De Castro Font, que evidentemente era un charlatán que estaba fuera de sus cabales, para que cada día volcara su dosis de expresiones altaneras y mejorara así su expertise en el insulto.
A la comedia se le unió Santini, haciendo alarde de su ineptitud (que no le resta a su astucia), y se montó en el barco del gobierno mojigato que va camino a censurar cualquier mierda en un esfuerzo desmesurado por controlar y someter a un pueblo a la tiranía del “no” (no beba, no salga, no hable, no lea, no divulgue, no pregunte, no cuestione, no joda). Y el muchachito acostumbrado a la tiraera sucumbió y comenzó la metralla de insultos, en reacción al insulto que otro le propinó en respuesta a su primer insulto. Y el nene se botó, él que es ñoño y la prensa que lo pellizca, de tour de medios a hacer el agosto con la dignidad de un pueblo jodío, que en vez de estar faranduleando debería estar reconstruyéndose.
Y a pocas horas, como si fuera poco, la demagogia de la prensa sube otro escalón y aparece Yolanda Vélez Arcelay a creer que le tira pescaitos al gobernador, preguntándole si estaba listo para la ola de violencia y criminalidad que iba a haber en este país a partir del 7 de noviembre como resultado directo de los despidos. El gobernador hace un esfuerzo, bendito, que este otro muchacho tiene un poco de más vocabulario que Calle 13, pero ni remotamente es un orador, y contesta la pregunta indicando que la violencia no respondía a un solo factor y toda esa mierda, que por verdadera no deja de ser mierda, en la que nadan día a día mientras no se hace nada para atacar los flancos que mutilan el tejido social y lo llevan al estrago, la angustia y la violencia. La periodista no estaba conforme, no porque el gobernador no respondiera, sino porque no respondió lo que ella quería y decide entrar en un juego bien peligroso. El inepto pierde la tabla y dice una barbaridad, que es barbaridad sólo por lo imprudente pero que bien parecía tener razón ante la insistencia entusiasta de la periodista, y espeta eso de “yo espero que tu deseo no se cumpla”. Y acá yo atónita, estaban tiraos al medio en la calle 13 la demagogia y la ineptitud, una combinación letal.
Aunque ciertamente hay estudios que exploran la relación entre pobreza y delincuencia o violencia, ningún estudio ha demostrado ni podrá demostrar que la pobreza es una enfermedad, cuyo síntoma principal es la violencia. En su insistencia aquella periodista insultaba tácita y tontamente al pueblo, a la gente pobre, adjudicando que los pobres son los generadores de la violencia y el crimen. Como si no estuviéramos cansados de ver criminales con corbatas y con casas y vidas de lujo. Pero eso no era lo único que estaba allí oculto en su pregunta como un prejuicio, mientras la experimentada reportera caía en las garras de sus estereotipos, sino que al vincular su pregunta con los despidos realemente manifestaba que los ex empleados públicos, servidores del sistema, facilitadores de servicios, el día después de ser efectiva su renuncia se convertían no sólo en pobres, sino en criminales. Y este pueblo pendejo creía que ella los estaba defendiendo y se fueron de culo a favor de quien les ofendió más. Mientras el tonto del gobernador se dejó manipular por la insistencia, por lo difícil del tonito y la actitud que distingue a la periodista (que la gente confunde ese tono con seriedad y no son lo mismo), fue incapaz de responder adecuadamente. Era tan sencillo como haberle preguntado a la periodista si ella era consciente de que insinuaba que casi 20 mil empleados desplazados al día después de dejar de trabajar empezarían a tener conducta criminal, golpearían a sus mujeres y sus hijos, irían al punto y entrarían en el juego de las matanzas y los robos, asaltarían bancos y se volvieran adictos o con suerte ampones. No he podido definir qué me ha ofendido más, si la demagogia periodística o la ineptitud estadual para defender a sus ciudadanos del prejucio de que la pobreza es igual a criminalidad. Creo que casi todos los que hayamos alguna vez compartido aunque sea en una forma limitada con gente de escasos recursos, que han tenido menos suerte que nosotros los burguesitos, podríamos estar de acuerdo con que la gran mayoría de la gente pobre se abraza con más tesón a sus valores. La gente en la ruralía y el arrabal sigue teniendo solidaridad con su vecino, sigue alimentando hijos con sacrificios, sigue siendo cortés y hospitalaria, sigue esforzándose para que sus hijos estudien y tengan más oportunidades que ellos en el futuro, sigue apegada a la ética del trabajo trajinando día a día desde haciendo chivitos hasta teniendo microempresas en su comunidad.
Me pregunto cuál y de qué magnitud es nuestro deterioro como país cuando tenemos una prensa majadera y acomodaticia que finge estar del lado de los descalzos para vender titulares y que para ello es capaz de esgrimir discursos soslayados, prejuiciados y sin aval empírico, que ha perdido la astucia de hacer las preguntas no cargadas de cinismo sino de inteligencia y sagacidad. Cuál es el grado de deterioro para que un gobernador sea incapaz de mantener la cordura y de responder con entereza, respeto y algún grado de sabiduría, cuándo es que todos se volvieron unos oportunistas más como Calle 13, cuándo empezó esto de ser los protagonistas del último chisme de farándula en asuntos tan importantes y trascendentes… y así políticos y artista montaron un mismo circo.
Yo quisiera que todo fuera tan sencillo como poder recoger la demagogia que emigró de la política a la prensa y la ineptitud que emigró de artistas buscafortunas a políticos y meter ambas cosas en un mismo saco junto con los prejuicios y discursillos de ocasión y dejarlo abandonado en alguna calle 13 solitaria y sin salida. Y entonces regresar con manos limpias a sumarnos todos al esfuerzo de inventar y hacer un país nuevo.













