Lágrimas pornográficas: los hijos de Baudrillard

La sola mención de la palabra pornografía llama la atención. Tal vez sea la única palabra que sin gozar del desprestigio de ser considerada como una obscenidad en sí misma, provoca las reacciones de intriga y de encono que sólo el grado sumo de la obscenidad en las mentes de los mojigatos puede despertar.
Cuando se dice que algo es pornográfico, en general, la gente tiende a pensar en una exposición, que los retrogradas moralistas comofuego llaman deshonesta, de las partes “privadas” de los sujetos. Esto es bastante curioso desde varias perspectivas. Siempre me ha chocado que se considere deshonesta la exposición más honesta del cuerpo; es una contradicción insuperable que ha de haber inventado una mente pervertida al menos en cuanto a lenguaje se refiere. La llamada exposición da cuenta de algo que ostentamos (la gente expone atributos, virtudes o faltas, pero sobre todo la gente expone ropa), de modo que quitarnos lo que realmente es lo ostentable (la ropa) me parece que no es una exposición, en todo caso, tal vez, una revelación. Y en cuanto a la obscenidad, pues la verdad es que toda moral y gastronomía es cuestión de geografía, pero la obscenidad debería tener como requisito máximo ser un invento, un producto artificial de nuestra mente o nuestra industria, por lo que me resisto a considerar obsceno lo natural.
Salvados estos escollos les presento a Baudrillard, el teórico que se dio cuenta y nos informó a todos entre otras cosas que lo pornográfico poco tenía que ver con los genitales o las prácticas sexuales. Me arriesgo a decir que lo pornográfico no siempre tendrá que ver con la corporeidad, sino con un mirar más allá de lo permitido, de lo que se considera privado, y no necesariamente se limite a lo que se considera prohibido. Desde esta perspectiva, la película más altamente pornográfica que he visto ha sido The Passion of the Christ, de Mel Gibson. Aunque cientos de filmes probablemente han mostrado heridas descarnadas, no he visto ninguno en el que me haya podido adentrar a los poros de las heridas, oler la sangre y el cuerpo desmenuzado de manera tan descarada como en aquella película. De modo que, sin temor a equivocarme, después de mucho tiempo prestándole atención al tema de la pornografía en la diversidad de sus facetas y haber leído con interés a importantes teóricos, haber visto los daguerrotipos de desnudos del siglo 19, las obras de Egon Schiele y las caricaturas que se hicieron sobre María Antonieta, el porn que combina bestialismo hasta el porn más barato y soslayado, afirmo que no he visto nada más pornográfico desde el punto de vista teórico y baudrillariano que The Passon of the Christ. No hay otra explicación para semejante revuelo por una película sobre un tema religioso y clásico, lo que tenía de especial aquella película de la historia más conocida del mundo occidental eran sus imágenes pornográficas que permitían que nuestros ojos se metieran por cada poro ultrajado y con la puntería de una mirada sádica termináramos nosotros también por disectar aquel cuerpo sufriente.
Esto me llevó a considerar seriamente que la corporeidad misma no es el sine qua non de lo pornográfico, que también había una pornografía del interior acaso más escondida, más prohibida, pero menos explorada que la física: la pornografía del sufrimiento. Entonces consideré que había visto otras películas con un gran carácter pornográfico, en las que sin duda están incluidas la mayoría de las que se han hecho sobre el holocausto judío. El cuerpo o el alma sufriente es objeto de una mirada clandestina y en ocasiones morbosa.
La prensa y el mercado de la imagen se han percatado de la rentabilidad del sufrimiento, no me atrevo a decir que lo hayan pensado o analizado profundamente, es más, me aventuro a pensar que esto es como casi todo, tocando de oído, pero el efecto es innegable y casi me atrevo a decir que irrefutable. Ver las noticias es una buena forma de constatar esto. La caída de un avión dura dos días en la prensa si todos sus pasajeros se salvan, si un número considerable de esos pasajeros muere, ¡fiesta!, tenemos noticia para una semana o más. CNN se tira a la calle, busca los testimonios del que vio el avión, del que iba ahí, del que estaba en el aeropuerto y no se dio cuenta, todo el mundo es testigo, sin necesidad de haberlo visto, porque hasta los testigos de que ese día existió en el calendario, aunque no hayan formado parte de la acción también son susceptibles de ser entrevistados. Las noticias locales siempre son un tanto más pedestres, entonces se tienen que conformar con pequeñas “tragedias”, con historias domésticas, pero igualmente prometedoras porque allá afuera está la gente loca por consumir su pornografía más legal, las que les atiza el gusto por lo grotesco y el sufrimiento, y que además trae la ventaja de que no hay requisitos de mayoría de edad. Entonces la cámara se acerca golosamente a los entrevistados cuando está ahí la lágrima a punto de salir, y casi vemos desesperados el lagrimal abrirse como un capullo y tirar esa secreción prohibida porque da cuenta de lo más oculto del ser humano, de lo más privado por ser intransferible, da cuenta del dolor. Entonces el camarógrafo cumple su misión y captura la tan deseada lágrima pornográfica.
Una de esas oportunidades fue la noticia que comentaba sobre el caso de la joven que muere víctima de una colisión en medio de una persecución policiaca. Ayer las páginas de los periódicos se disputaron quién llegaba más dentro de la herida. La competencia estaba entre los que presentaban a la madre besando el ataúd, los que mostraban a los jóvenes llorando, porque hay un regusto adicional en el sufrimiento inesperado porque se es joven, y los que escudriñaban los distintos dolores. La foto favorita se impuso, el joven del ROTC, sosteniendo virilmente una espada mientras derramaba dos viscosas lágrimas. El milagro se había dado, esta vez eran dos lágrimas pornográficas, habían dando con la imagen escabrosa que metería al observador en el espacio más recóndito del alma sufriente. He visto gente conversar sobre la belleza de la foto, y esto sin tener nada que ver con el acierto en la factura de la fotografía (es decir, sin nada que ver con las bondades fotográficas de la misma y de su técnica). Entonces he comenzado a plantearme la belleza o más bien la estética de la pornografía del dolor. Existe una o varias formas bellas de sufrir y esto es hecho para mí y supongo que para cualquiera que haya leído al menos La Iliada y haya imaginado a Priamo buscando el cadáver maltrecho de su hijo Héctor. Los griegos acuñaron el concepto del pantha kala o la muerte bella, sin embargo, han sido los cristianos y algunas otras religiones milenarias las que han creado el discurso que ha permitido la per(versión) de la mirada en cuanto a la belleza del sufrimiento, pero usualmente explorado desde el propio sufriente (recordemos los versos de los bienaventurados…) y no necesariamente del espectáculo del dolor, que se parece más a la experiencia pagana de ir a ver a los gladiadores morir en la arena.
Lo cierto es que no se trata de nada nuevo el regodeo del ojo en el sufrimiento del otro, pero lo que sí podría ser un tanto más reciente es nuestro gusto pornográfico por ver la fuente de la que mana la experiencia dolorosa. Entonces creo que los moralistas escandalosos deberían estar más preocupados por las imágenes del periódico de ayer que por los culitos, los penes, las vulvas y las tetas sacrosantas que quedan huérfanas de juego en PR a partir de San Valentín con el inesperado cierre del “paraíso obsceno” (puede algún paraíso no serlo?) de Condom World.
