La mente sideral

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Recientemente fui a ver, movida por una extraña tradición de algunos de mi grupo familiar que va al cine tras la caza de la película de acción perfecta, la última película de Tarantino. Esta vez no fue tan difícil convencerme porque incluso yo, una adepta a la deserción cuando de giras a películas de acción se trata, formo parte de un grupo rarito de gente que cree que Tarantino experimenta con los rincones más recónditos del alma humana. A decir verdad, ésa no es una forma fidedigna de articularlo, pero suena bien, me hace creer que otros además de mí peregrinan a la pantalla gigante buscando explorar la infinidad de maclas del alma humana.

Inglorious Bastards es la última entrega de este director lúdico que ha logrado incluso hacer que la violencia sea una manifestación de la belleza. Detengan todos los insultos que preparan para reaccionar ante mi propuesta de la bella violencia, mientras hacen uso de la violencia que pretenden al mismo tiempo disimular. De eso se trata, de que Tarantino nos lleva a la cúspide de esa ironía que nos recorre, eso de estar siempre prestos para ver un nuevo acto del morbo que sólo la violencia puede regalarnos.

A través de su trayectoria cinematográfica creo que Tarantino ha aportado casi tanto a mi reflexión sobre la mente humana como lo que me han llevado a pensar Freud, Jung y el corrillo de seguidores y aficionados que estos pensadores han logrado atraer a sus teorías. Me parece que, entre otras muchas cosas, este director ha explorado dónde reside el horror, en qué espacio de la mente habita y cómo se accede a él, qué lo provoca, qué lo motiva, lo entusiasma, aviva o disuade. Tal vez es aquí donde fracasan por repetición y mogigatería manipuladora las malamente denominadas películas de horror al hacer uso de recursos que Hitchcock y otros igual de relevantes ya dictaron como pauta. El horror como experiencia colectiva y privada  habita en un rincón de la psique humana al que puede llegarse por varios caminos pero cuyo centro tiene además distintas intensidades. Me parece que con acierto Tarantino, en lugar de explotar el viejo recurso del sonido presente juguetea con su ausencia, logrando ubicar lo que creo yo es el atrecho más fidedigno del espanto y ése es el sentido del oído.


Nos horroriza más lo que oímos que lo que vemos, y esto es casi una frase lapidaria. Kill Bill , en sus dos entregas, es una excelente demostración de esto. A las escenas de violencia más descarnada, Tarantino le ha bajado o quitado el volumen. No choca igual ver cómo decapitan a un sujeto que escuchar cuando lo decapitan. Pero igula que es posible ver cómo el horror se apacigua ante la falta del grito doloroso o desconcertante, también es constatable que en ausencia de la imagen y la presencia del sonido, el horor puede no sólo estar presente sino ser aún más intenso. Es así como resulta más aterrador que ver la imagen con sonido el percibir meramente el ruido. Siguiendo el mismo ejemplo de la decapitación, resulta en un grado mayor de espanto si escuchamos lo que creemos que puede ser una decapitación pero que no tenemos la certeza, pues esa ausencia de la imagen nos lleva a completar por medio del sonido lo que no vemos y nos enfrentamos así no sólo a la violencia que en efecto ocurre sino a toda la violencia que seamos capaces de imaginar. Y no sólo eso, la sala misma está llena de gente exponencialmente conmocionada porque tiene horror de lo que cada quien imagina, sumándose así miles de violencias que en sí mismas estaban ausentes de plano en la escena.


No se trata de que Tarantino sea el único que ha explorado ni las técnicas ni los conceptos que se ocultan tras éstas, sino más bien, que ha sido exitoso en llevar a las masas contenidos de lo que sería un cine de culto de unos pocos, como suele ocurrir con casi todas las producciones artísticas que navengan por los mares del inconciente. Sin embargo, tal vez sí sea él quien haya logrado desarrollar a más grandes rasgos la violencia bella, cargada de un estética casi sublime. Incluso se ha ligado a producciones ajenas que exploran las mismas avenidas como es el caso de la película Hero.

Pero desde Pulp Fiction, pasando por Kill Bill hasta Inglorious Bastards, Tarantino ha movido de lugar sus intenciones o sus inquietudes. El cinismo siempre es un elemento ineludible, sin embargo, se ha ido moviendo del cinismo visual al cinismo en el libreto, sin conseguir, a mi entender, la misma efectividad. La mayor parte de sus películas exploran también el tema de la venganza, siendo ésta una de las emociones más oscuras, no toma a nadie por sorpresa que sea parte incluso del elemento del horror, teniendo en el espectador un efecto similar al que lograba la tragedia en la antigua Grecia. La fractua temporal que producen tramas zigzagueantes, que se mueven tanto en juegos de analepsis como de prolepsis, también es una de las característica que identifica la firma de Tarantino.


En su más reciente película, valiéndose de la violencia macabra y el humor negro, Tarantino logra lo que bien podría catalogarse como una joya de la metacinematografía, es decir, el cine que versa sobre el cine. Como si de una hipersofisticada caja china se tratara, el espectador se enfrenta a más de cinco tramas al mismo tiempo, diferentes conspiraciones que apuntan al mismo fin, matar al Hitler engendrado  por la mente de este director, que no es el Hitler que pasó por la historia. Dividida en capítulos, la película tiene, como es ya costumbre, una gran cantidad de referencias a los grandes iconos cinematográficos y literarios. Hay algo del juego del viejo oeste, algo de la Cenicienta, algo de El Padrino, algo de Cinema Paradiso, entre otro tanto de algos que hacen del filme un catálogo de citas visuales retocadas por el cinismo, la astucia y la técnica tarantiniana.

Fui en peregrinaje a ver algo más que una película de acción, y Tarantino no me satisfizo del todo, pero no me decepcionó, porque encontré una obra compleja, que se sale del cine tradicional, al tiempo que me llevó nuevamente a reflexionar sobre la psique humana para confirmarme que la mente sigue siendo, como el espacio sideral, un lugar ominosamente infinito y aún sin conquistar.

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~ by oftalmografo on September 10, 2009.

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