SANTO ESTRENO

•April 1, 2010 • Leave a Comment


Esta semana santa es distinta de otras tantas. Para esta fecha todos los años los medios se encargan de tener un catálogo de ofertas sobre la santidad, la iglesia, la superación, el cristianismo y la bayoya que hace que haya una semana libre en lo que sería el corazón o el pecho del año. El año se divide en festividades, fin y principio de año, vacilón garantizado. Mediados de año, vacilón garantizado. Pero tal vez eso mismo es lo que hace que la gente espere los quickies del año con gran emoción. Estos quickies son 2, la Semana de Mayor vacilón (playa, arena, sol, buen clima, sin huracanes ni lluvias torrenciales) y la Santa Gracia del Pavo, que da un vacilón de premonición, pero ya el otoño está atravesando el año y la joda puertorra no es igual, es más bien un vacilón alcohólico pero de mediano recogimiento familiar. Es decir, la juma no se coge en la playa, sino en la casa.

Pero esta semana ha sido distinto, las historias no son de monjitas en sus claustros haciendo pan, galletitas u hostias. Son historias poniendo en jaque el celibato, la viabilidad de una iglesia caduca, venida a menos y para colmo manchada con tinta indeleble de la peor. Nuevas acusaciones salen por toda Europa contra la iglesia del papa. Es la semana de la Santa Impunidad. Curas de todo tipo, fervientes creyentes con vocación darán misa a la misma vez que fervientes calenturientos alrededor del mundo, que llevan a cuestas la carga de haber trastocado la intimidad de miles de jóvenes por todo el globo. Y mientras tanto, ¿qué hace la iglesia?, bien gracias, preparándose para el Santo Vacilón, para las trillitas que le dan a las estatuitas de sus santos, sacándose el ramito con el que ahorcan la fe,  lavándose los piesitos unos a otros como quien juega a cambiar de medias, sacándole brillo a las carrozas y a las cruces y ensayando las cancioncitas de culpa. Todo está listo para el reestreno del show del año, mientras miles de adultos anda purgando sus miedos, su silencio, su vida manoseada, la iglesia prepara la parada, el carnaval de penas y da la espalda a la desgarradora y escandalosa impunidad. Denuncias, demandas y pagos en metálico, pero, ¿quién pasa un día en cárcel por haber tocado niños del coro, monaguillos que creían que sus guías les enseñarían a ser mejores, que los curas serían su Virgilio conduciéndoles a la santidad? ¿Dónde están los juicios? Aquí hace falta que se dé en nuevo Nuremberg. Así es, parece que hace falta una nueva y laica Inquisición. La institución que juzgaba sin juicio justo, que mataba gente en cruzadas y patíbulos, que quemaba vivos a hombres y mujeres, sí, y de ésas muchas más, ésa que el alto líder tropicalísimo, en un ataque provocado por el calor casi veraniego de este cayito de lava, indica que no es una institución de base moral, ésa misma iglesia, casa ilustre de verdugos, hoy debería ser juzgada por los ciudadanos, por el Estado, del que se separan cuando les conviene y con el que copulan cuando le necesitan.

¿Hasta cuándo se les mandará a castigos turísticos a aquellos que se aprovecharon de su poder y autoridad para violar y sodomizar niños? ¿Hasta cuándo tendrán trato de primera clase criminales que en la sociedad civil serían enjuiciados y encarcelados? ¿Hasta cuándo estos sujetos con educación de primera se refugiarán detrás de sus cruces y sus trapitos para escapar del alcance de la mano de la ley de los hombres, ya que la de dios no les está persiguiendo? ¿Hasta cuándo la gente que tiene el monopolio del perdón a través del “camerino” de los confesionarios (donde se trasviste la iglesia y hace de lobos bellos corderitos) dejará de estar jugando a la sillita, ahora te confiesas tú y te perdono yo, y ahora me confieso yo y me perdonas tú? ¿Hasta cuándo el Estado chabacano y  pajero se hará de la vista larga y tocará a esta partida de maleantes en faldas?

Parece mentira que la santurrona iglesia no venga a menos por falta de fieles, ni porque la gente se volvió crítica y se cuestionó cuanto mito se copiaron de la antigüedad griega, romana, etrusca, persa y de todas las demás, y que termine por colapsar tras largos siglos porque no le quede un chavo más para pagar daños. Si la iglesia tuviera que resarcir los daños a todos los que ha mancillado ya sea por tocamientos o por mentiras para engendrar el miedo, pronto veríamos hasta los cáliz en la casa de empeño. Pero eso no cambiaría nada, excepto por el aspecto legal de la bancarrota, si no surge una reforma real de las políticas de la iglesia. La fama de los papas es superior a la de los rock stars, y con Michael Jackson muerto ya no hay competencia real de audiencias. Si el papa se asoma a la ventana, millones de personas miran, decenas de miles desde el propio lugar y millones por cada medio de comunicación. Con semejante audiencia, ¿cómo es que no acaban de hacer un verdadero acto de contrición? Que hagan de ese espacio su confesionario y admitan sus culpas y sus actos frente al pueblo que les puede exonerar pero esta vez con algo más que padresnuestros y avemarías. Vivimos escandalizados por la corrupción política y no hay “país”, no hay Estado con más corruptos por burocracia cuadrada que el Vaticano. Criminales que tocaron, intimidaron y afectaron niños, criminales que los encubrieron, criminales que movieron a unos y otros para disipar el rumor, criminales que negaron que hubiera pasado, criminales que justificaron que pasara, criminales que callaron y conspiraron, criminales y más criminales de todos los colores, con todos los gorritos habidos y por haber, de todos las sotanas, descalzos y con sandalias, de monte y de ciudad. Criminales que no pensaron que empañarían la reputación de sus pares decentes, que les valió una hostia el cuento de Cristo y el prójimo. Criminales que aprendieron a dar misa y a partir el pan.

Pero esto no ha sido un mal exclusivo de los católicos, como de ahí vienen todos los demás, igual migraron todas las faltas al resto de los prácticas religiosas disidentes. Los protestantes también quemaron gente, también persiguieron gente y también han tocado niños pero al menos no los encerraron en confesionarios ni crearon liguitas pampers de efebos para acompañar a sus pastores. Éstos ha preferido a las niñas porque están al alcance. Como los sacerdotes son un club privado de chicos, pues en su mayoría chicos fueron los tocados. En una semana como ésta no podré más que mirar las procesiones con ojos más perturbados que en los años pasados y miraré con temor al cortejo de niños, sin saber si ahí va alguno que se someterá a su estreno esta semana.

Y en medio de esta reflexión irrumpe una noticia, que parece frívola ante tanto escándalo, Ricky Martin confirma lo que todo el mundo sabía, en un acto confesional de lunes santo para estrenar de verdad la semana en grande. A ver ahora cuánto de la perorata cristiana flageladora queda amainado por el recogimiento, el amor infinito que se recuerda en la semana de mayor bayoya caribeña. El cuerpo de Ricky Martin es el nuevo cordero en sacrificio. Sin cuestionar a qué podía tenerle miedo uno de los inexplicables dioses de las masas internacionales, existiendo dioses como Elton John y George Michael que han sido abiertamente gay desde hace décadas, sí someto a cuestionamiento el dolor profundo que deja ver a través de sus expresiones. Su comunicado parece dar cuenta de un sujeto tranquilo y feliz, pero al mismo tiempo deja manifiesto el tormento que vivió hasta el día de hoy. Gran parte de ese velado tormento que le impidió por décadas decir la verdad en entrevistas y tal vez incluso entre familiares y amigos, nace y se regodea en las bases de las creencia religiosas más retrógradas, de una comunidad entera de creyentes del cristianismo que alegan que el Apocalipsis está lleno de metáforas suceptibles sólo de ser interpretadas por los más grandes sabios e iluminados hombres, pero que cree que las frases del Génesis son materia llana que se despacha con “macho y hembra los creó”, joder.

La iglesia (y en este caso caen todas en el mismo zafacón)  que ha permitido el abuso de miles de jóvenes es la misma institución esquizofrénica y mojigata que ha juzgado por siglos la homosexualidad y a los homosexuales, tapándose con un cuento pendejo de “odiamos el pecado, no al pecador”, que significa somos unos hipócritas que no nos atrevemos a decir de frente que somos homofóbicos y por consiguiente faltamos al amor de la prédica de todos los días. Con esa misma frase supongo que justifican la tapadera de los abusos. Bien, aborrecemos el pecado porque eso es lo que odiamos, pero al pecador ( que en este caso representa a los curitas alegres que andan bajando zippers) no lo odiamos, lo protegemos, lo resguardamos, lo amapuchamos, lo escondemos hasta que no haya moros en la costa. Pues bien, sepan que en estos tiempos hay moros en todas las costas, en los tiempos de la globalización y la informática los moros somos insomnes, escribimos, denunciamos, alzamos la voz y no comemos cuentos ni hacemos cuentas del rosario.

Muchos, incluso tal vez “amigos” dirán que este “panfletito” puede herir sensibilidades, pues me vale madre, me vale madre hace rato, pero en esta semana del mayor descaro me vale madre mil veces más. Esta semana Ricky Martin estrena homosexualidad pública, a ver si se animan los grandes del club privado de machotes armados con cruces y de una vez estrenan la dignidad y con ellas la responsabilidad social y jurídica que han evadido por largos siglos de impunidad.

Ineptitud y demagogia en la Calle 13

•October 24, 2009 • Leave a Comment

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En días recientes ha ocupado la atención de la prensa el debate de una especie de “tiraera intersocial”, lo que por oposición binaria también implica que dejaron de prestarles atención a las situaciones que provocaron la pirotecnia lingüística con la que se han atacado políticos, reggaetoneros y la propia prensa.

Las expresiones atolondradas de Calle 13, que claramente ha dicho en su acostumbrada jerigonza de niño de clase media o media alta que pretende hurtar el lenguaje del ghetto, pues sólo ésos somos los que vivimos en urbanizaciones control de acceso (hay recordar que el nombre viene de visitante y residente), llamando “hijo de puta” al gobernador han traido a la arena pública el “escándalo” del lenguaje. Calle 13, haciendo lo que mejor ha sabido hacer siempre, ser un oportunista, un cazador del flash, se dio a conocer masivamente cuando él mismo se encargó de correr un CD con la canción que escribió insultando al FBI tras el asesinato de Filiberto. Vi a esta persona y sus compañeros repartiendo estas copias frente a Plaza Las Américas. La Internet le sirvió de cómplice y en pocos días de nadie saber quién carajo era este chico se convirtió en farándula e hizo de esa oportunidad su catapulta. Robó cuanta cámara pudo, concedió y buscó entrevistas hasta con el pato Donald, y el momento de solemnidad y reflexión producto de una indignación profunda de un pueblo ultrajado en lo más sensible de su fibra moral terminó convertido en un circo de obscenidades huecas que no construían, ni creaban conciencia, ni reinvindicaban la gran lucha que tanto de frente como en la clandestinidad guió los días de Filiberto.

En una de las jornadas que se hicieron en recordación de Ojeda Ríos,  en un recorrido de memoria pueblo por pueblo para encargarnos de nunca olvidar, invitaron a Calle 13. Esa noche, unos meses después del asesinato, ya pasado el duelo inicial, pasada la ira y fortalecida la indignación de lo humano, por primera vez la masa, seguidores, políticos y gente invaluable para las luchas por un país soberano bajaron la cabeza y sintieron vergüenza. Después de la participación de un cantautor que había escrito una canción sobre Filiberto, allá para 2001, y de que éste interpretara canciones referentes a las luchas por la dignidad como si fuera una ofrenda a quien había muerto, subió a escena Calle 13 y con ciertas muestras de vergüenza se disculpó antes de cantar la canción que le catapultó. Pidió perdón por el lenguaje, dijo que estaba muy molesto y frustrado cuando la escribió, que perdonaran el estilo, que disparó con todo en el momento de los hechos, que se disculpaba por algunas partes de la lírica y procedió a cantar la única canción que tenía que lo vinculara con cualquier tipo de lucha. Tanto fue así, que mientras la viuda de Filiberto y amigos muy cercanos, comenzaban el acto que distinguía estas jornadas encendiendo una vela de la que todos con sus respectivas velas tomaban el fuego, Calle 13 cantaba esgalillao en un acto anticlimático y bochornoso su éxito tras su ficha de oportunismo “Atrévetete”. Yo, ingenua, había pensado que precisamente todos debimos gritarle en un franco abucheo por la falta de decoro un gigantezco “Atrévete a cantar esa mierda en esta ceremonia de conciencia”, pero nadie abrió la boca para abuchear y muchos sí la abrieron para unírsele al coro mientras bailaban reggaetón en la jornada en la que se honraba la memoria de Filiberto.

Lo distinto del Calle 13 de aquel momento y el de ahora es que el de entonces tenía menos soberbia y era capaz de la vergüenza, porque abochornado de sí mismo, y supongo que de su lenguaje en un acto con pretensiones de solemnidad, se disculpaba. Pero ahora su nueva posición económica, su payasada y la prensa alcahueta le han dado “standing” casi de un guerrillero de la palabra, como si fuera representativo del sentir de un pueblo. Pero hoy, como entonces, este sujeto no es más que un burdo oportunista, tanto así que le ha importado un huevo que su acto circense robe la atención de los asuntos más neurálgicos y apremientes en este país.

Una vez más, la isla de las bochornosas contradicciones, reniega y censura lo soez y la vulgaridad de un personaje como Santini, pero celebra las del “artista”. Ciertamente hay categorías y grados del insulto, al tiempo que también lo insultante es absolutamente relativo y con toda certeza puede decirse que el insulto, la moral y la gastronomía son cuestión de geografía. Calle 13 ha transplantado el estilo matonesco que distinguió tanto al género musical en sus comienzos como al propio Santini, a la arena de la opinión pública.

Ciertamente cuando nos enfrentamos a experiencias o situaciones límites como el dolor, la euforia, el fracaso, lo sublime, lo grotesco, el insulto y el amor, el lenguaje sufre una quiebra particular, se queda corto, enmudecemos ante la emoción sobrecogedora que vivimos, y así llegamos a un sentir límite en el que el lenguaje se agota, no nos alcanza, no nos asiste, nos abandona y ahí llega lo soez o lo excelso. Los halagos y los insultos se viven en la lengua vernácula. En ese sentido la lengua propia es la patria a la que se regresa siempre que se experimentan los extremos de la experiencia humana.

La prensa por su parte, que en la última década ha incorporado en su arsenal la demagogia, hizo de un acto insultante una primera plana y estiró el chicle por varios días mientras el “artista” cegado por su propia soberbia seguía añadiendo disparates y expresiones desafortunadas, una tras otra. Me recordó los meses aquellos en los que pellizcaban a De Castro Font, que evidentemente era un charlatán que estaba fuera de sus cabales, para que cada día volcara su dosis de expresiones altaneras y mejorara así su expertise en el insulto.

A la comedia se le unió Santini, haciendo alarde de su ineptitud (que no le resta a su astucia), y se montó en el barco del gobierno mojigato que va camino a censurar cualquier mierda en un esfuerzo desmesurado por controlar y someter a un pueblo a la tiranía del “no” (no beba, no salga, no hable, no lea, no divulgue, no pregunte, no cuestione, no joda). Y el muchachito acostumbrado a la tiraera sucumbió y comenzó la metralla de insultos, en reacción al insulto que otro le propinó en respuesta a su primer insulto. Y el nene se botó, él que es ñoño y la prensa que lo pellizca, de tour de medios a hacer el agosto con la dignidad de un pueblo jodío, que en vez de estar faranduleando debería estar reconstruyéndose.

Y a pocas horas, como si fuera poco, la demagogia de la prensa sube otro escalón y aparece Yolanda Vélez Arcelay a creer que le tira pescaitos al gobernador, preguntándole si estaba listo para la ola de violencia y criminalidad que iba a haber en este país a partir del 7 de noviembre como resultado directo de los despidos. El gobernador hace un esfuerzo, bendito, que este otro muchacho tiene un poco de más vocabulario que Calle 13, pero ni remotamente es un orador, y contesta la pregunta indicando que la violencia no respondía a un solo factor y toda esa mierda, que por verdadera no deja de ser mierda, en la que nadan día a día mientras no se hace nada para atacar los flancos que mutilan el tejido social y lo llevan al estrago, la angustia y la violencia. La periodista no estaba conforme, no porque el gobernador no respondiera, sino porque no respondió lo que ella quería y decide entrar en un juego bien peligroso. El inepto pierde la tabla y dice una barbaridad, que es barbaridad sólo por lo imprudente pero que bien parecía tener razón ante la insistencia entusiasta de la periodista, y espeta eso de “yo espero que tu deseo no se cumpla”. Y acá yo atónita, estaban tiraos al medio en la calle 13 la demagogia y la ineptitud, una combinación letal.

Aunque ciertamente hay estudios que exploran la relación entre pobreza y delincuencia o violencia, ningún estudio ha demostrado ni podrá demostrar que la pobreza es una enfermedad, cuyo síntoma principal es la violencia. En su insistencia aquella periodista insultaba tácita y tontamente al pueblo, a la gente pobre, adjudicando que los pobres son los generadores de la violencia y el crimen. Como si no estuviéramos cansados de ver criminales con corbatas y con casas y vidas de lujo. Pero eso no era lo único que estaba allí oculto en su pregunta como un prejuicio, mientras la experimentada reportera caía en las garras de sus estereotipos, sino que al vincular su pregunta con los despidos realemente manifestaba que los ex empleados públicos, servidores del sistema, facilitadores de servicios, el día después de ser efectiva su renuncia se convertían no sólo en pobres, sino en criminales. Y este pueblo pendejo creía que ella los estaba defendiendo y se fueron de culo a favor de quien les ofendió más. Mientras el tonto del gobernador se dejó manipular por la insistencia, por lo difícil del tonito y la actitud que distingue a la periodista (que la gente confunde ese tono con seriedad y no son lo mismo), fue incapaz de responder adecuadamente. Era tan sencillo como haberle preguntado a la periodista si ella era consciente de que insinuaba que casi 20 mil empleados desplazados al día después de dejar de trabajar empezarían a tener conducta criminal, golpearían a sus mujeres y sus hijos, irían al punto y entrarían en el juego de las matanzas y los robos, asaltarían bancos y se volvieran adictos o con suerte ampones. No he podido definir qué me ha ofendido más, si la demagogia periodística o la ineptitud estadual para defender a sus ciudadanos del prejucio de que la pobreza es igual a criminalidad. Creo que casi todos los que hayamos alguna vez compartido aunque sea en una forma limitada con gente de escasos recursos, que han tenido menos suerte que nosotros los burguesitos, podríamos estar de acuerdo con que la gran mayoría de la gente pobre se abraza con más tesón a sus valores. La gente en la ruralía y el arrabal sigue teniendo solidaridad con su vecino, sigue alimentando hijos con sacrificios, sigue siendo cortés y hospitalaria, sigue esforzándose para que sus hijos estudien y tengan más oportunidades que ellos en el futuro, sigue apegada a la ética del trabajo trajinando día a día desde haciendo chivitos hasta teniendo microempresas en su comunidad.

Me pregunto cuál y de qué magnitud es nuestro deterioro como país cuando tenemos una prensa majadera y acomodaticia que finge estar del lado de los descalzos para vender titulares y que para ello es capaz de esgrimir discursos soslayados, prejuiciados y sin aval empírico, que ha perdido la astucia de hacer las preguntas no cargadas de cinismo sino de inteligencia y sagacidad. Cuál es el grado de deterioro para que un gobernador sea incapaz de mantener la cordura y de responder con entereza, respeto y algún grado de sabiduría, cuándo es que todos se volvieron unos oportunistas más como Calle 13, cuándo empezó esto de ser los protagonistas del último chisme de farándula en asuntos tan importantes y trascendentes… y así políticos y artista montaron un mismo circo.

Yo quisiera que todo fuera tan sencillo como poder recoger la demagogia que emigró de la política a la prensa y la ineptitud que emigró de artistas buscafortunas a políticos y meter ambas cosas en un mismo saco junto con los prejuicios y discursillos de ocasión y dejarlo abandonado en alguna calle 13 solitaria y sin salida. Y entonces regresar con manos limpias a sumarnos todos al esfuerzo de inventar y hacer un país nuevo.

Me pregunto

•October 2, 2009 • Leave a Comment

Fisherman_House_by_PutooXor
Art by: Zaw Ye Myint (from India member of DeviantArt.com)

En algunos momentos de mi vida me pregunto si escogí la carrera adecuada, si estudié lo suficiente, o si soy incluso feliz… Bueno, la verdad es que nunca estudié lo suficiente porque nunca tuve maestros prácticos sino teóricos. Ciertamente la formación tradicionalista de todas las escuelas y colegios de este país no le permite a los individuos no tradicionales, con destrezas muy simples o muy complejas, progresar, enriquecer su estima y encaminarlos a un mundo donde sus destrezas sean necesarias o rentables, siendo, por el contrario, menospreciadas, pisoteadas o pasadas por alto sus habilidades en áreas que sólo pocos pueden dominar como las artes en cualquiera de sus formas, destrezas mecánicas, manuales o de otra índole.

De esta pesada y muy amarga manera hemos hecho un desbarajuste tal donde pocos tienen y muchos necesitan, hemos creado tiempos de tal incertidumbre que nos miramos al espejo y vemos múltiples personalidades en nosotros, sólo que todas ellas desenfocadas, desenfrenadas camino al casi seguro fracaso. Hemos llegado a días donde no se consigue gente honesta para limpiar un hogar, donde los jardineros cobran más que algunos profesionales, donde los plomeros están colegiados para cortar y pegar tubos PVC… donde hay una amplia gama de imbéciles con títulos en escalas sociales y salariales en donde antes sólo podíamos imaginar a un erudito, a un gran filósofo o un gran humanista o algún gran estudioso perenemente insomne sediento de sabiduría.

Crecí escuchando la vieja disyuntiva de nuestros abuelos: la profesión o el oficio. Si de mis abuelos quedase alguno vivo y pudiese conversar conmigo hoy, de seguro que me diría: mijo ves por qué es bueno saber hacer algún oficio… seguro que algo de razón tendrían porque hoy día hay que hacer de tripas corazones para sobrevivir y ya casi ni existen zapateros, aún ando pensando cuántos pagaríamos por uno en vez de tener que comprar unos nuevos con lo complicado que anda el panorama.

Crecí mirando desde la venta los colores porque por alguna razón incomprensible mi falta de noción del tiempo en mi niñez me impidió en diferentes momentos mi libertad, siendo así mi distracción producto de largos castigos encerrado en un cuarto mientras observaba a mis amigos correr y disfrutar de su libertad… supongo que desde entonces mi mente maquinaba colores e historias de algún mundo donde al otro lado del río que dividía las fronteras de las cuatro paredes que me encerraban y el mundo libre que deseaba experimentar estaba lleno de detalles simples brillantes e imperceptibles para la mente de un adulto.

Así mi subconsciente me arrastraba a hincar mis rodillas en la tierra ante una flor silvestre, y obsequiársela a personas a las que amaba como a mis hermanas o a mi abuela como una especie de simbolismo de la libertad de mi mente. Pasé mi infancia imaginando que podía construir algo grande como un inmenso barco de vela donde montar a mis amigos y zarpar a un mundo lejos de mis padres… cosa que hasta el día de hoy ha sido imposible por una combinación de elementos conspiradores en contra de la creatividad individual y los métodos tradicionales de educación donde todos tienen que ser médicos, abogados, ingenieros y más recientemente arquitectos, porque todos los demás seremos basureros, como si yo hoy día no amara a mis amigos invisibles los basureros, los llamo invisibles porque laboran en horas donde normalmente duermo y los amo porque si no viviría en semejante pestilencia que no sé si realmente viviría, para ser un poquito redundante.

Así llegó el día donde tenía que decidir qué sería de mi vida al entrar a la universidad. decidí que sería un ingeniero que iba a hacer cosas grandes y alguna desorientadora me dijo que no tenía puntos suficientes, aquella mentira de aquella desorientadora porque si contaba con el promedio para estudiar lo que quería, me costó reencontrarme conmigo mismo y con mi subconsciente visual, con aquellos tiempos de encierro en mi habitación, conmigo y mis ojos, con los colores y la libertad, optando por hacer una carrera en algo de lo que muy poco conocía, pero que según mi sabio padre me mantendría cerca de la tecnología y las computadoras que tanto me gustaban y tal vez algún día podría reencaminar mi vida a ser ingeniero.

Con el reloj contado, como para todo en mi vida desde mis viejos castigos y mis largas horas de encierro, decidí seguir la locura de mi padre, sin él o yo imaginarnos que en esto del diseño gráfico sería donde iría perdiendo mi vista leyendo las letras que nunca leí en mi escuela preparatoria; ambos ajenos al futuro y a la pasión que volverían a despertar en mí los colores reales, las computadoras, o esa gran gama de millones de colores virtuales.

En el diseño descubrí que podía crear máquinas complejas en programas de diseño tridimensional y que podía pintar, cortar, pegar y editar mi propio mundo, ése que dicto yo y mi subconsciente, el que yo mismo organizo, le doy sentido y hago que los demás traten de interpretar… Sin querer mi padre me llevó a un mundo sin límites ni barreras donde los demás son lo que algún diseñador dijo que serían, que vestirían, que comerían o que detestarían… la invasión y perturbación de la mente por el ojo.

Todos compramos una etiqueta, porque de no tener etiquetas los productos, daría lo mismo vestir las camisas de CK o de panchito, y costarían lo mismo y todos seríamos individuos similares y no únicos como las campañas publicitarias sugieren que eres al comprar su producto.

Entonces, después de mucho tiempo descubrí que llegué por equivocación y afinidad inconsciente y divina de mi padre a la profesión que me gusta y que me permite reencontrar en cada color un significado, en cada forma una historia, en cada producto una identidad, en cada identidad una oportunidad para sumergir a los demás en el mundo de mis colores desde mi ventana. Descubrí que soy feliz, al menos en los momentos donde aprendo y descubro una manera nueva de masticar la realidad en la que vivimos y escupirla en los ojos ciegos de la ignorancia… descubrí que podía hacer de mi vida una oftalmografía.

La dignidad se puso a peseta

•October 1, 2009 • Leave a Comment

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(a propósito de la frase criolla “se pusieron los huevos a peseta”)

Hace algunos años fui con mi compañero a una presentación conjunta de varios cantautores. Fui con el moderado entusiasmo que me caracteriza cuando de enfrentarme al arte en este país se trata. La costumbre de encomiar todas las propuestas artísticas del patio sólo porque son de aquí ya me ha sembrado la perenne sospecha de la mediocridad del contenido de las propuestas. Cuando el único atractivo que tiene un evento es que es de gente del patio, algo anda muy mal, me vuelvo cautelosa y extremadamente suspicaz, así mantengo cierto grado de sanidad mental y mi aversión genética a la mediocridad.

Como era de esperarse, resultó ser flojísima la mayoría de las participaciones. Para un pueblo que anda jactándose perennemente de su talento, era un golpe al hígado. Mis amigos y conocidos saben de mi cinismo, algunos me adoran por eso (los pesimistas ilustrados) y otros me detestan (los optimistas ingenuos), pero ninguno de ellos se salvó de mi diatriba contra lo que soportábamos esa noche en nombre del arte y la cultura. Esa misma noche declaré de una vez y por todas públicamente la imperativa necesidad de rescatar el abucheo. Desde hace décadas y por generaciones se nos fue convenciendo de que el abucheo era una cafrería que delataba falta de cultura, baja clase social y una falta mayor a la etiqueta. Así nacieron y crecieron generaciones de mudos que han visto con ojos lagrimosos pero sin decir palabra mil barbaridades y otras miles de porquerías. Apoyar lo de aquí, sólo porque es de aquí, es una franca estupidez que lo que delata es una cultura mediocre incapaz de exigir la más alta calidad en todo aquello que produce, un pueblo incapaz de aspirar a más, que aguanta mierda en el arte, en la música, en el teatro, en la televisión, en el cine y en la política.

No sé cómo nos convencieron de abdicar y olvidar el arma más poderosa de control de calidad con la que un público puede contar. Nos dejamos desarmar y ahora aplaudimos insatisfechos cualquier obra creativa de segunda o de tercera, incluso he visto gente aplaudir de pie arte modesto y en nada original. Para mí son tiempos y días de un escandaloso silencio. He logrado convencer a unos pocos amigos de la teoría del abucheo como control de calidad. He comentado incluso que hacer arte (cantar, hacer música, pintar, escribir, etc) debería estar acompañado por grandes peligros. El peligro disuade a los incautos, a los atrevidos, a los mediocres y a los cobarde. Nunca he visto a nadie guillárselas de trapecista sin saber un carajo de eso, ni de malabarista con fuego, ni de piloto, ni de cirujano. ¿Y eso por qué? Sencillo, por los riesgos que supone la actividad. El abucheo es el único peligro al que puede exponerse alguien que se cree que canta, que toca, que pinta o que gobierna. Si como pueblo tuviéramos el firme consenso de abuchear lo que no sirve públicamente y en el momento en que acontece, muy pocos se tomarían el atrevimiento de treparse a una tarima con un instrumento y ponerse a cantar, muy pocas misses se las guillarían de actrices, pocos locutores se arriesgarían a ser actores o modelos a dárselas de cantantes. Esta pendejería de dejar hacer y de que es del patio y hay que apoyarlo nos ha llevado al fiasco constante y a la devaluación de nuestra producción cultural y ha terminado por minar nuestro carácter como hijos de la democracia y como consumidores de cultura.

Pero alto ahí, no se trata de abuchear aquello que no nos gusta, eso sólo lo harían los tontos. Se trata de rehusarnos a consumir lo que no sirve más allá de nuestra mera preferencia y a fomentar aquello que nos crece y nos aporta más allá de lo que nos luce atractivo. No entender una manifestación cultural o no tener los criterios para medir su calidad no nos puede convertir en abucheadores, la ignorancia no es el arma sino la debilidad. Debemos exponernos cada día más a mejores productos y a mejores discursos para con el tiempo lograr discernir a los mejores de los mediocres en todos los ámbitos del quehacer humano.  Por otra parte, tampoco se trata del vilipendiar por vilipendiar, porque eso está a un paso de la ignominia. Hay que ensayar nuevas maneras de rechazo, nuevas formas de resistencia, nuevas formas de criticar y de exigir lo mejor.

El incidente desafortunado en el que un ciudadano, desempleado hace varios años (en cuyo caso es bastante probable que los contribuyentes le hayamos subsidiado vivienda, alimentos, medicinas, cubiertas de salud o al menos uno de esos renglones en algún momento), le lanzó un huevo al gobernador, a falta de una granada, no creo que retrate el sentir de todos como algunos analistas y reporteros han argüido. Estos actos de repudio individual a acontecimientos de relevancia colectiva son típicos en las formas incipientes de terrorismo, y los rechazo venga de quien venga y bajo las circunstancias que sean. Lo rechazo con mayor tesón en este escupitajo de lava, cuyos pobladores no son críticos ni adeptos al análisis. Desde que ocurrió el incidente, supe que este pueblo payasesco y circense emularía la acción del aprendiz de terrrorista de país eñangotao. En cuestión de horas, los que ayer eran empleados de una agencia e iban con uñas hechas y pintadas y con panty medias y guayaberas, perdieron la noción de cómo un pueblo debe manifestarse y organizarse para ser tomado en cuenta con seriedad y se tiraron el jueguito infantil de hacer una pancarta y lanzarle huevos como si de un jueguito de Super Sábado se tratara, trivializando así una de las luchas más relevntes de los últimos años.

Entonces descubro el poder invertido del abucheo y a solas en mi oficina ensayo los sonidos onomatopéyicos asociados al desdén y al rechazo, pero en este caso para los trabajadores que han sido incapaces de agenciarse mejores estrategias para “quitarse el coraje”, como alegaron que estaban haciendo, mientras lanzaban huevos botando un alimento preciado y nutritivo que bien podrían colocar en la mesa para sus hijos. Es decir que mientras se abrazan al clichoso discurso de llevar pan a su mesa, por otro lado derrochan el dinero tirando comida al desperdicio. Ésas son las crisis de la abundancia en dos sentidos, de la abundancia alimentaria y de la abundancia de la estupidez. No es lo mismo un pueblo furioso e iracundo que un pueblo indigando. Para indiganarse es preciso tener dignidad, y el sujeto indignado busca la forma de recuperar la dignidad que ha sido atropellada y eso no se logra en medio de un ataque de ira. No sé qué pretenden enseñarles a sus hijos el primer tirahuevo ni sus seguidores. Creo que la acción que ejecutan los debe avergonzar ante amigos, familiares y público en general, pero ante sus hijos les humilla. Cómo querrán que sus hijos les vean, como luchadores fieles de causas justas o como una pandilla de desordenados que cometen actos vandálicos que ni siquiera a los chamacos se les permite cometer en el barrio.

No creo en salir a la calle a buscar la dignidad por medio de actos humillantes y mucho menos cometer la idiotez de humillarme creyendo que humillo a otro. En ese primer huevazo, que tanto ha celebrado la boricuada acéfala y que ha celebrado con disimulo gran parte de la prensa, se nos fue otra gran oportunidad de dar muestras de dignidad. Tal vez es que a falta de liderato este pueblo pendejo le sigue los pasos a cualquiera que tome una acción afirmativa aunque sea reprochable. No simpatizo con los perdedores, no simpatizo con los que se lamentan y culpan a otros por sus males en lugar de hacer una lucha de superación. No simpatizo con los huevones ni los huevoneros, como no simpatizo con el que tira una molotov y luego no quiere ser tratado como un ente que comete un acto criminal. No confundamos lucha con descaro, no hagamos de un pueblo caído y entristecido, un pueblo humillado e infantilizado. Por otra parte, no me queda más que lamentarme del desacierto comparativo que un grupo de ingenuos con una irremediable miopía  intelectual y cultural ha cometido al comparar el vandálico huevazo con el zapatazo que un iraquí le lanzó a Bush. En la cultura islámica el zapatazo está cargado de simbolismo para el grupo cultural y religioso que se descalza en numerosas instancias de la vida, como para entrar al templo o lugares respetados en el hogar. Lanzar zapatos o golpear con zapatazos es un acto semánticamente cargado por centurias y dista mucho de un mero acto vandálico que es el significado que en nuestra cultura tiene el lanzar huevos a prepas o novicios en las fraternidades o en el día de brujas. Los padres puertorriqueños reprimirán a sus hijos en innumerables ocasiones por la “infame” conducta. En nuestra cultura el lanzahuevos es el abusador, el “bully”; la connotación que tiene se aleja muchísimo de una lucha por la dignidad o por el respeto y es exactamente su opuesto, estando estrechamente ligado a la humillación, el ensayo de conducta criminal y el abuso. Escucho y leo gente por ahí enviándoles sus “respetos” a los miopes alabadores del huevazo y el huevonero  así como a sus payasos imitadores. Pues de mi parte para ellos, alabadores y huevoneros,  mis “vergüenzas” (“shame on you”).

A tirar huevos pa’l carajo, aquí hay que buscar trabajo, hay que construir futuro, hay que tomar las riendas de un país en la debacle y el descrédito, hay que educar mejor, vivir mejor. Aquí no hay tiempo que perder, hay que empezar a ser creativos, a ser nuestros propios gestores de mañanas, hay que crecer, coño, y crecerse a la vez.

El gobierno ha hecho cosas criticables y ha omitido acciones indispensables, dando francas muestras de ineptitud. Pero recuerdo que hasta hace unos años atrás todas las personas que conozco hablaban del gigantismo gubernamental, todos estaban convencidos de que para tener un gobierno gigante e ineficiente mejor teníamos un gobierno enano e ineficiente. Contertulios de horas inagotables sobre la burocracia, el mal servicio, la ineptitud y la falta de preparación de la mayoría de los empleados de gobierno, hoy me sorprenden quejándose por las esquinas y haciendo chistes de huevazos, claro, que tampoco son ya mis contertulios, pero lo que más me importa es que olvidaron la insatisfacción que tenían para aliarse a una campaña sensiblera pero indigna. Yo nunca he querido decir lo que suena bien, ni congraciarme con nadie, mucho menos cuando escribo, así que con una solidaridad exclusivamente humanitaria doy el pie al frente y reconozco en esto un paso necesario e inevitable, reconozco en este apocalipsis las faltas y barbaries de décadas de favores políticos pagados con puestitos de segunda, de panismo y nepotismo, de acomodo y vayoya, de filas interminables mientras alguien que debía atenderme se pintaba las uñas y otra hablaba por teléfono, mientras un grupo se contaba la novela. Décadas de escuchar que la persona que hace eso faltó y nadie más lo sabe hacer, de que me digan que mis documentos se extraviaron, me cobren doble por servicios, me hagan esperar porque están en el coffee break o desayunando a las 9am después de ponchar, o de que me digan que fuera al día siguiente porque ellos cierran a las 4pm y ya son las 3:15. Décadas de errores en el procesamiento de mis planillas pero siempre a favor del fisco, de meses de espera por la emisión de un permiso domiciliario, etc., no acabarán hoy pero me costarán menos. Lo que veo es que ahora tiran huevos para pedir que les devuelvan los trabajos que odiaban y que hacían con mala cara y con pasmosa mediocridad.  Distinto a muchos de mis contertulios yo acepto mis conversaciones de años anteriores y las sostengo. No comparto los criterios, que ni claros quedan, no comparto las maneras en muchos de los casos, no comporto incluso muchos elementos de este plan caótico que pretende resolver de un plumazo un problema que va más allá de lo económico y toca aspectos culturales y de idiosincrasia de pueblo. Sin embargo, no dejo de aceptar que miles de puestos en el gobierno son innecesarios, repetitivos, redundantes y que otros tantos son realmente una forma de subsidio, otra forma de darle PAN y Trabajo a un grupo de gente que podría ser verdaderamente productiva en otros escenarios.

Miles de personas que trabajan por su cuenta, que rinden sus planillas, que pagan su Seguro Social, que usan limitadamente los malos servicios del gobierno han visto reducirse su taller de trabajo y sus ingresos mermar en  50% y ninguno fue a tirar un huevo a ninguna parte. Los que pertenecemos a ese grupo decidimos hacer planes, trabajar más duro o incluso claudicar, pero sin un huevazo ni una humillación.

La verdad es que hoy somos más pobres que ayer, pero no sólo en nuestras cuentas de banco, sino en respeto de pueblo, hoy somos más pobres en ideas, más pobres en hidalguía; hoy  está en bancarrota nuestro carácter colectivo y nuestra dignidad anda en harapos como una indigente.

Pensar es un deporte extremo: el Índex de los nuevos puritanos

•September 17, 2009 • Leave a Comment

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Hoy en la mañana recibí una llamada de un agente de seguros contra esa enfermedad en la que tu cuerpo planea un sabotaje contra sí y sus células, en un acto descarado de rebeldía, se replican a su antojo sin siquiera parecerse unas a otras, la enfermedad del anarquismo: el cáncer. Mis padres quieren asegurarse que si mi cuerpo da un golpe de Estado y se rebela contra mí, alguien pague por semejante error en el matrix. El agente tenía mis datos, sólo le faltaba hacerme una pregunta y dijo con desparpajo: “¿Practica o planea practicar en el futuro algún deporte extremo?” Demoré un microsegundo y le espeté: “Sí, señor, ambas cosas, pienso día y noche, y pensar, en este país, es un deporte extremo.” Desde que descubrí el lenguaje articulado supe que me dedicaría a algún tipo de fisiculturismo intelectual, casi al unísono supe que había nacido en el lugar equivocado para practicar tal deporte, que me iría peor que ser esgrimista, sin auspiciadores, sin apoyo del gobierno o entidad alguna y que iría a unas olimpiadas desiertas en las que un grupo de pajeros iríamos con nuestros BA, MA, PHD y la almalgama infinita de títulos buenos para nada a tratar de sembrar futuro en tierra y sesos estériles.

Crecí al calor y al frío de un hogar de locos lúcidos en el que no recuerdo que se haya censurado el lenguaje de nadie para hacerlo apto para mi presencia engañosamente infantil, jamás se me negó el acceso a libro alguno ni a película alguna. Supongo que mis padres no tenían miedo de mi inteligencia y mucho menos de cultivarla. Supongo que mis padres inventaban un futuro en el que pudiera hablar con lengua e ideas propias. Pagaron caro, carísimo la cultura que no me vedaron, criaron a una adolescente impertinente, mortificante, crítica, en cuestionamiento perenne de su inteligencia, su autoridad y sus razones para las decisiones que tomaban. Pagaron el precio de dejarme crecer, experimentar y conocer; pagaron que tras leer a Homero y a Virgilio quisiera viajar a Grecia para celebrar la graduación a la que no asistí (sin que se me cuestionará por qué una valedictorian no iba a lucirse en tarima) en lugar de pagar a precio de quemazón un viaje a Disney. Mis padres se avergonzaban ocasionalmente de mi desenfado para decir verdades incómodas sin tomar en cuenta lugar, categoría social, género ni ceremonias protocolares. Aun así nunca culparon a mis libros, ni a mis horas de largo y precoz insomnio. Nunca me mandaron a apagar la luz y a dejar de leer, nunca me pusieron hora o emisora correcta para escuchar música, nunca censuraron los cientos de citas que había escritas en las paredes de aquel pasillo de 15 pies que servía de entrada a la cueva platónica, al vientre en el que gestaba las más locas ideas y garabateaba libretas sin cesar. Establecí límites, fronteras geográficas con carteles que advertían a padres y hermanos mantenerse al margen y fuera del umbral que separaba su mundo de mi país de las maravillas. Mi padre hizo libreros de maderas restantes de huracanes que nos dejaron esperando con sus manos y a la medida de mis necesidades sin cuestionar ni por un instante los libros que colocaba en ellos, todo lo contrario, aportando sus propios descubrimientos y viniendo a nutrirse de los míos. Mi madre, que no leyó ni una revista, que no fuera un catálogo, en todos mis años de estadía en la casa materna, compró sin urgar en contenidos ni autores cuanto libro quise y pudo darme. Aquella matrona que supo de la menstruación por chismes en las calles o porque alguna madrina de vanguardia se lo dijo, se aseguró de que se me respondiera con la verdad y sin tapujos a cualquier pregunta que hiciera, y me protegió así de la desolación del desconocimiento y la ignorancia. Desde la edad en que fui capaz de leer y escribir, leí y escribí sin censuras todo lo que se me antojó. Y soy la mejor persona que pude ser, la mejor lectora que pude ser, la mejor escritora y la mejor crítica que pude ser porque nadie me dijo que el acceso al conocimiento tenía un límite que no fuera lo que me dictaba mi propio interés. Me prepararon así mis padres con una mente blindada, un espíritu templado y un profundo respeto por la diferencia intelectual o de cualquier otro orden. Me prepararon para todo menos para vivir en este país y para enfrentar la estulticia insular.

Así supe, porque soy hija de la incensura, que los censores sólo podían ser estúpidos muertos de miedo de saber, y que inteligencia y censura son opuestos en esencia. La censura es la peor de las patrañas que el hombre ha podido inventar. Históricamente esta convención que impone gustos, preferencias, mogigaterías, mitos, tabúes, prejuicios, estereotipos, estigmas y carimbos ha sido manejada y administradas por los grupos cuyo poder está en peligro y que no han tenido la astucia suficiente para persuadir a los otros de su punto de vista o la razón por la que deben prevalecer en el poder. Asimismo ha sido aplicada de las maneras más absurdas y aberrantes. La censura se ha aliado con la tortura, la expatriación, la excomunión, la persecusión y el asesinato. Es la matriz de la que han salido holocaustos de seres humanos, ideas, libros y arte. Es el cepo en el que se han oxidado, pero nunca diluído, ciencia, verdad, progreso y esperanza. Curiosamente los gobiernos o poderes ineptos son los que han debido echar mano de esta argucia humana para deshumanizar a los otros, al distinto, al disidente, al inteligente, al capaz, al crítico, al sujeto creativo gestor de los cambios. El censor es un pendejo impotente que se mea encima porque se sabe irremediablemente mediocre y se muere de espanto de ser descubierto.

Hace pocos días esta islita, que le hace la cola al tercer mundo, en lo que a apertura cultural y apreciación de la diversidad se refiere y a tantas cosas más, se ha escandalizado hipócritamente por la censura o la amenaza de censurar y eliminar del currículo académico algunas obras que tienen décadas de estar siendo publicadas y asignadas, aunque no necesariamente leídas y eso lo hemos descubierto al enfrentar los comentarios de la partida de ineptos políticos y analistas que han salido guillaos de críticos literarios en respuesta a la abominable propuesta. Defensores y detractores han dado cuenta en la mayor parte de sus apariciones y opiniones de la misma ignorancia. Payasos prohibiendo, payasos defendiendo, han terminado por esgrimir puras cantinfladas, todos dándoselas de tipos cultos mientras o-cultan sus estantes estragados de libros y poblados de trofeitos, placas y diplomas de puritanos.

Los medios, distraidos por una manduleta carilavá que guiaba como alma que lleva el diablo (si en estos tiempos se me permite este lenguaje soez y de origen medieval) por el paseo en un acto verdaderamente censurable, reprochable, vergonzoso y obsceno, no porque se haya creído la joya de la corona y haya tratado de humillar a un servidor público con la cafrería subida de tono mostrándose soberbia y arrogante, sino porque deja al descubierto la obscena hipocresía de aquellos que malrepresentan los mejores intereses de los mejores ciudadanos de este país. Bizcos por una reinita de modelaje de pacotilla que usa las columnas y balcones del Capitolio para posar y saciar su acomplejado ego, los periodistas han dejado a un lado que somos testigos de una era catastrófica, retrógrada y puritana que va lacerando lo que de inteligencia nos queda, haciendo de este país un paisaje inhabitable. Ahora periodistas, artistas y demás enconjonaos están convocando para ir a leer frente al Departamento de Educación textos que no se leyeron o se leyeron mal y distraidamente para hacer alarde de que no permiten la censura mientras diariamente permiten que sus medios censuren el material que publican, dictaminen el camino de la “línea editorial” y sirvan de verdugos para tumbar candidatos y de chaperones de las aspiraciones de otros.

Pero la humanidad reconce el tufo de los censores porque tiene memorias ancestrales que pueden trazarse a través del fuego en Babilonia, del humo de las quemas de “herejes” y brujas que no eran más que filósofos o científicos, del Índice de los libros prohibidos de la Iglesia, de la persecusión franquista y de la reciente “profanación” y saqueo de la Biblioteca Nacional de la actual Bagdad. La humanidad ha pagado más caras la censura y la ignorancia, que son como una especie de cáncer intelectual para el que no venden pólizas de seguro, que el conocimiento y la razón.

Después de mis décadas mudándome como los caracoles para sentirme nómada en una isla incestuosa por su tamaño y en las que he cargado con mis cajas de libros como una tortuga que carga el caparazón con el convencimiento de que es su casa, soy incapaz de empezar a decir las pendejadas de las premiaciones de unos y otros escritores, de alegar que en los textos proscritos está la espina dorsal de la cultura y toda esa adulación que han desempolvado los que hicieron trampas y se leyeron compendios en el mejor de los casos… No me uno al discurso doblemente hipócrita; hipócritas los censores por no asumir que la política y sus protagonistas son más obscenos que cualquier literatura o manifestación artística; hipócritas los defensores más ruidosos que ahora hablan de una literatura que no leyeron o escamotearon con trampas y una cultura que nunca defendieron ni auspiciaron. Nunca vi tantos especialistas en la obra de Rodríguez Juliá ni fanáticos de Carlos Fuentes. Y mientras tanto, ¿qué nos hacemos los que estamos hartos de esta pantomima de unos y otros, todos igual de obscenos y farsantes?

Yo espero que el fuego castigador, como tantas otras veces, también sea el fuego redentor. Espero que la hoguera de críticas y censuras termine siendo como el fuego que robó Prometeo y que haya peregrinaciones a las librerías y bibliotecas. Me basta con que muertos de curiosidad o sólo por querer hablar del tema de turno unos cuantos puertorros se sienten a gozar de cualquier libro y si tiene o tuvo etiqueta de obsceno, mejor. Que en par de días puedan decir algo más de Carlos Fuentes que no sea que ganó el Príncipe de Asturias, que eso no lo hace grande, ni Borges, ni Cortázar ni Vallejo ganaron un carajo de Asturias y cambiaron la literatura y mi vida para siempre. Quisiera despertar mañana y que no haya ni un sólo mamao leyendo en voz alta nada frente a ningún lugar, pero que el tren, las guaguas, los bancos de los parques, las aceras, las paradas de guagua, Plaza Las Américas, las escalinatas del Capitolio, las calles adoquinadas de San Juan, las filas de los bancos y dependencias de gobierno, cuarteles de policía, hospitales, salas de emergencias, restaurantes, el tapón y demás instancias de la vida cotidiana estén pobladas de gente leyendo de todo, desde Homero hasta Sade, desde Sor Juana hasta Ann Rice, desde Rafael Sánchez hastas García Márquez, desde Emile Zolá hasta Galdós y Balzac, desde Rimbaud y Baudelaire hasta el Ché Meléndes, desde Las mil y una noches hasta San Juan de la Cruz, desde Safo hasta Mary Shelley, desde Virgilo y Dante hasta Rodríguez Juliá, desde Dickens hasta Zeno Gandía, desde Tolstoy hasta Kafka, desde Flaubert hasta Dostoyevsky, desde Jane Austen hasta Virginia Woolf, desde Sylvia Plath hasta Vallejo, desde Faulkner hasta Rafa Acevedo, y que por un día este país sea inamovible porque está atragantado de saber y no porque está masticando cantinfladas y mojando su ignorancia en el café. Pero sé que todo es producto de las locuras a las que me inducen los libros que he leído y que ya no vivo en el país de las maravillas que me permitieron construir mis padres al final del pasillo de mi cuarto en mi febril adolescencia.

La mente sideral

•September 10, 2009 • Leave a Comment

BlogN

Recientemente fui a ver, movida por una extraña tradición de algunos de mi grupo familiar que va al cine tras la caza de la película de acción perfecta, la última película de Tarantino. Esta vez no fue tan difícil convencerme porque incluso yo, una adepta a la deserción cuando de giras a películas de acción se trata, formo parte de un grupo rarito de gente que cree que Tarantino experimenta con los rincones más recónditos del alma humana. A decir verdad, ésa no es una forma fidedigna de articularlo, pero suena bien, me hace creer que otros además de mí peregrinan a la pantalla gigante buscando explorar la infinidad de maclas del alma humana.

Inglorious Bastards es la última entrega de este director lúdico que ha logrado incluso hacer que la violencia sea una manifestación de la belleza. Detengan todos los insultos que preparan para reaccionar ante mi propuesta de la bella violencia, mientras hacen uso de la violencia que pretenden al mismo tiempo disimular. De eso se trata, de que Tarantino nos lleva a la cúspide de esa ironía que nos recorre, eso de estar siempre prestos para ver un nuevo acto del morbo que sólo la violencia puede regalarnos.

A través de su trayectoria cinematográfica creo que Tarantino ha aportado casi tanto a mi reflexión sobre la mente humana como lo que me han llevado a pensar Freud, Jung y el corrillo de seguidores y aficionados que estos pensadores han logrado atraer a sus teorías. Me parece que, entre otras muchas cosas, este director ha explorado dónde reside el horror, en qué espacio de la mente habita y cómo se accede a él, qué lo provoca, qué lo motiva, lo entusiasma, aviva o disuade. Tal vez es aquí donde fracasan por repetición y mogigatería manipuladora las malamente denominadas películas de horror al hacer uso de recursos que Hitchcock y otros igual de relevantes ya dictaron como pauta. El horror como experiencia colectiva y privada  habita en un rincón de la psique humana al que puede llegarse por varios caminos pero cuyo centro tiene además distintas intensidades. Me parece que con acierto Tarantino, en lugar de explotar el viejo recurso del sonido presente juguetea con su ausencia, logrando ubicar lo que creo yo es el atrecho más fidedigno del espanto y ése es el sentido del oído.


Nos horroriza más lo que oímos que lo que vemos, y esto es casi una frase lapidaria. Kill Bill , en sus dos entregas, es una excelente demostración de esto. A las escenas de violencia más descarnada, Tarantino le ha bajado o quitado el volumen. No choca igual ver cómo decapitan a un sujeto que escuchar cuando lo decapitan. Pero igula que es posible ver cómo el horror se apacigua ante la falta del grito doloroso o desconcertante, también es constatable que en ausencia de la imagen y la presencia del sonido, el horor puede no sólo estar presente sino ser aún más intenso. Es así como resulta más aterrador que ver la imagen con sonido el percibir meramente el ruido. Siguiendo el mismo ejemplo de la decapitación, resulta en un grado mayor de espanto si escuchamos lo que creemos que puede ser una decapitación pero que no tenemos la certeza, pues esa ausencia de la imagen nos lleva a completar por medio del sonido lo que no vemos y nos enfrentamos así no sólo a la violencia que en efecto ocurre sino a toda la violencia que seamos capaces de imaginar. Y no sólo eso, la sala misma está llena de gente exponencialmente conmocionada porque tiene horror de lo que cada quien imagina, sumándose así miles de violencias que en sí mismas estaban ausentes de plano en la escena.


No se trata de que Tarantino sea el único que ha explorado ni las técnicas ni los conceptos que se ocultan tras éstas, sino más bien, que ha sido exitoso en llevar a las masas contenidos de lo que sería un cine de culto de unos pocos, como suele ocurrir con casi todas las producciones artísticas que navengan por los mares del inconciente. Sin embargo, tal vez sí sea él quien haya logrado desarrollar a más grandes rasgos la violencia bella, cargada de un estética casi sublime. Incluso se ha ligado a producciones ajenas que exploran las mismas avenidas como es el caso de la película Hero.

Pero desde Pulp Fiction, pasando por Kill Bill hasta Inglorious Bastards, Tarantino ha movido de lugar sus intenciones o sus inquietudes. El cinismo siempre es un elemento ineludible, sin embargo, se ha ido moviendo del cinismo visual al cinismo en el libreto, sin conseguir, a mi entender, la misma efectividad. La mayor parte de sus películas exploran también el tema de la venganza, siendo ésta una de las emociones más oscuras, no toma a nadie por sorpresa que sea parte incluso del elemento del horror, teniendo en el espectador un efecto similar al que lograba la tragedia en la antigua Grecia. La fractua temporal que producen tramas zigzagueantes, que se mueven tanto en juegos de analepsis como de prolepsis, también es una de las característica que identifica la firma de Tarantino.


En su más reciente película, valiéndose de la violencia macabra y el humor negro, Tarantino logra lo que bien podría catalogarse como una joya de la metacinematografía, es decir, el cine que versa sobre el cine. Como si de una hipersofisticada caja china se tratara, el espectador se enfrenta a más de cinco tramas al mismo tiempo, diferentes conspiraciones que apuntan al mismo fin, matar al Hitler engendrado  por la mente de este director, que no es el Hitler que pasó por la historia. Dividida en capítulos, la película tiene, como es ya costumbre, una gran cantidad de referencias a los grandes iconos cinematográficos y literarios. Hay algo del juego del viejo oeste, algo de la Cenicienta, algo de El Padrino, algo de Cinema Paradiso, entre otro tanto de algos que hacen del filme un catálogo de citas visuales retocadas por el cinismo, la astucia y la técnica tarantiniana.

Fui en peregrinaje a ver algo más que una película de acción, y Tarantino no me satisfizo del todo, pero no me decepcionó, porque encontré una obra compleja, que se sale del cine tradicional, al tiempo que me llevó nuevamente a reflexionar sobre la psique humana para confirmarme que la mente sigue siendo, como el espacio sideral, un lugar ominosamente infinito y aún sin conquistar.

En Kayak el performance patriotero

•August 28, 2009 • Leave a Comment

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En Kayak el performance patriotero

Creo que rondan la década los espectáculos populares producidos por el performero puertorro más cubierto por los atolondrados medios de comunicación de esta jaula del desencanto. El autodenominado ambientalista se ha gestionado a través de estos años una fama-infame y un sitial protagónico en la trama burlesca de los acontecimientos isleños.

Un híbrido entre performero y oportunista ha dado paso a un monstruo mediático que se ha robado portadas, titulares y atención de una comunidad enorme de ciudadanos mediocres que no han logrado articular discursos coherentes y persuasivos por contaminar sus mejores ideas y más legítimos reclamos con pajas marxistas venidas a menos, por hacer de contiendas humanistas un mero burdel de luchas de clases.

Cuidado, que no se trata de que no se hagan luchas medulares, se trata de depurar los argumentos y los estilos de aquello que lo rebaja a protagonismo farandulero. Infinidad de reclamos han zozobrado al caerse de un kayak sin remos. El pueblo y los medios han creado nuevos mercenarios, y entre ellos parece ser que han escogido su favorito, supongo que por su alto contenido folclórico. De no ser ésta la verdadera razón del favor popular a sus hazañas, todo me resultaría francamente incomprensible.

Este pueblo sólo tiene una cosa que le gusta más que la cerveza, y es el pintoresco e ilimitado folclore, que le provoca una rara especie de ceguera y lo lleva a preferir y a sentirse totalmente interpelado por papanatas como Chemo Soto, El Amolao y Tito Kayak, por mencionar algunos pocos de la fauna más llamativa de esta selva caribeña.

Proezas como subir un palo ensebao, al estilo del antiguo Súper Sábado, frente al Capitolio; encaramar la bandera de PR en la cabeza de la Estatua de la Libertad para apelar al facilón orgullo patrio acomplejao a la usanza del Boricuazo, en un gesto de conquista imperdonable viniendo de un pueblo colonizado que debería repudiar cualquier amago conquistador por haber sido víctima por centurias de los resultados que gestos como ésos nos han dejado como secuela histórica en la psique colectiva; o por ir a joder a la casa de otro a medio mundo de distancia para atizar una guerra milenaria en la que el kayaquero no ha perdido ni un solo familiar ni ha tenido que llorar la amargura de ser un paria sólo por su origen o religión y vivir sorteando escombros con pancartas con fotos de su gente más querida para no olvidar a los muertos por bombazos enemigos. No me queda claro cómo se juntan la ignorancia indiscutible de este tipo y la del pueblo para llamarle ambientalista a un performero que ocasionalmente balbucea dos palabra con el acento de Tito Trinidad, ni tampoco cuál es la relación de su doctorado en ambientalismo playero y su performance en Israel, por mencionar sólo algunas de sus más floridas incoherencias. Nunca supimos quién pagó el viaje a Israel, ni la trepá en el palo ni en la grúa, pero nos queda claro que alguien lo hizo, convirtiéndose en el único performero del que sé que logre vivir de sus actos performativos.

Esta mañana Tito llegó sin kayak y retiró un portón que limitaba el libre acceso a la playa, esta vez alegando que cumplía la ley, después de jactarse por años de que podía burlarla. Repentinamente, los ricos o privilegiados (ahora recién redefinidos por González) esta vez eran los desobedientes civiles, y allá llegó el performero a rescatar e imponer el orden al que ha pretendido desafiar por más de una década, en un acto más de sus burdas contradicciones, que no son más que un reflejo indiscutible de un pueblo incoherente que ayer se manifestaba (con razón) contra la policía y hoy la invoca para prestarle protección para arrancar portones en una escena que hace patente los distintos Puerto Rico y Puerto Pobre que con audacia y soberbia articuló González con voz de oráculo.

 
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